¿Qué hacer contra la impermanencia?
Sabernos finitos, caducos, es una asignatura de toda una vida. La juventud, con su explosión de energía a veces incomprendida, no deja sentir la muerte. Cuando enfermamos o cuando vemos palidecer a otros, buscamos la cura rápida, la palabra-consuelo fácil, o miramos hacia otro lado.
La sociedad que nos envuelve también nos envía mensajes de eternidad, de consumo sin descanso, de explosión de la carne y lo superfluo sin espíritu.
En las últimas décadas se ha promocionado la idea del cuerpo sin fin, la carne se prodiga en una obesidad que muchos lucen con descaro, como si la más leve mirada critica les importara un bledo. Un 40% de la sociedad norteamericana es obesa. Y por supuesto la idea se exportó a Europa. Tallas 3XL, 4XL, vinieron a ser normales para las marcas de ropa barata-multicolección, en busca de oportunidades para consumir más sin fin. Las farmacéuticas se aprestaron a producir medicamentos para las enfermedades derivadas, como ahora se aprestan a producir las antiobesidad.
Todo esto no es ni más ni menos que un reflejo de ese miedo a la impermanencia, que es consustancial a todo lo vivo, pero que sin embargo ignoramos. La naturaleza, el mundo, todo a nuestro alrededor esta destinado a morir. Saberlo creo que nos hace más dignos, más conscientes. Pero no para aplicar el todo vale, puesto que queda poco por vivir, sino como una oportunidad de apreciación de lo maravilloso de cada instante, que no vuelve.
Desde ese sentimiento, ¿Cómo podría maltratar mi cuerpo generándole enfermedad? ¿Cómo puedo dejar que me manipulen aquellos que solo miran sus intereses económicos? ¿Cómo despreciaría la oportunidad mágica que nos dan para descubrirnos y mejorarnos como seres humanos?
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